sábado, 26 de septiembre de 2009

-La mancha de humo-

La incomodidad era parte de la idea. Por eso se sentó en el suelo con la máquina de escribir. Pero no le sirvió de nada, ahora se encuentra mirando el cielo nublado a través de la ventana que tiene enfrente, con la espalda dolorida, las piernas entumecidas y el eco del estampido que produjo la mesita ratona cuando la arrojó contra la pared hace ya una hora atrás.
Trató entonces de escribir algo, apartando todos los gritos de su cabeza, pero sólo salieron bollos de papel. Tampoco pudo retratar la frustración que sentía. Su cabeza no funcionaba como quería o decía necesitar.
Baja la mirada, atraído por un movimiento entre los papeles que tapan parte del piso alfombrado, desparramados a su alrededor. Casi no se sorprendió al ver que las letras grises parecían diluírse, transpirar y caer en delgadas líneas al suelo, uniéndose en una mancha color humo que se extiende de forma lenta, paciente, pero también implacable y comienza a cubrir todo a su alrededor: se trepa por el sillón a su izquierda, toma de a poco el aparador, a unos metros a su derecha, tapa las fotos y las pinturas colgadas en las paredes, los restos de la mesita todavía desparramada en el suelo detrás suyo, todo menos a él y su máquina, lo rodea y aisla de todo lo demás, para que sea testigo de la degradación de su hogar.
Mientras la luz del sol se atenúa y apaga, la mancha cubre a su vez el largo del pasillo que da al baño y a su habitación.
Y los gritos que siguen haciendo eco en su memoria.
Mira de nuevo por la ventana, pero no hay más que oscuridad y se alivia al reconocer un sentimiento de pesar, un nudo en la garganta que no lo deja hablar y cuya razón se encuentra en aquella habitación, al final del pasillo, pasando esa puerta en la que la mancha se detuvo y parece observar o acechar, moviéndose hacia delante y atrás como respirando impaciente, como siguiendo un latido que no es suyo sino de alguien del otro lado. De ella, su latido.
Renunciando a una mentira que tanto quiso creer —que podía curarse, o solucionar aunque sea una parte, actuando de esta manera—, se sirve del sillón para ponerse de pie —sus huesos crujen de manera alevosa—, y se apoya en la pared para caminar hasta que la sangre vuelva a circular y las piernas recobren fuerza, viendo cómo la mancha se abre a su paso, retrocede y se desvanece. De vuelta a su conciencia.
Se detiene en la puerta y observa a su novia, ahí, en la cama, fingiendo dormir mirando a la pared del otro lado. Se quita el calzado para no hacer ruido y se acuesta junto a ella, a su espalda, sin decir nada, sin saber qué más hacer salvo pasar un brazo por sobre ella. Y con los gritos todavía atronando en su mente, no encuentra las palabras para calmarla, para que entienda que lo siente, que lo que dijo no es cierto y que no volverá a hacerlo.
Se pregunta adónde fueron las palabras que tanto lo ayudaban, lo calmaban, que tantas veces lo salvaron, y se pierde en remolinos sin enterarse de lo cerca que se encuentra de la solución.

5 comentarios:

Chipi dijo...

me encantó!

Analía dijo...

Uauu. . .

Anahi dijo...

No se lee, se siente... Fantástico!
Saludos genio!!!

Nicolás dijo...

Gracias a todas..

Uno.. dos... tres abrazos. Y medio más para que se repartan :P

pily dijo...

muy lindo nico! posta